EL EXPERIMENTO RUSO DEL SUEÑO, ¿ES POSIBLE MORIR DE INSOMNIO?

Se cuenta que, a fines de la década de 1940, investigadores soviéticos mantuvieron a cinco hombres despiertos durante 15 días usando un gas estimulante. Este suceso es conocido como: El experimento ruso del sueño.

Los sujetos fueron encerrados en una cámara sellada y monitoreados con micrófonos. Tenían agua, libros, baño y comida. A los cinco días, los prisioneros mostraron síntomas de extrema paranoia: dejaron de hablar entre sí, se pusieron a murmurar a los micrófonos e intentaron ganarse la confianza de los captores.

A los nueve días uno de los sujetos empezó a correr por el cuarto dando gritos hasta que se destrozó las cuerdas vocales.Los demás tomaron los libros, llenaron las páginas con sus excrementos y las pegaron sobre los muros. Los gritos y murmullos cesaron. Media semana más tarde seguía reinando el silencio.

El día 14 los científicos encendieron el intercomunicador dentro de la cámara y anunciaron: “Abriremos para probar los micrófonos. Aléjense de las puertas y acuéstense en el piso con las manos en la espalda o les dispararemos. Si obedecen, otorgaremos la libertad a uno de ustedes”.

La respuesta, enunciada en tono neutro, fue: “No queremos ser liberados”. A medianoche del día 15 los investigadores entraron y hallaron un espectáculo dantesco:

Uno de los prisioneros estaba muerto y su cadáver desmembrado se había usado para tapar el drenaje, de modo que en el cuarto había casi 12 cm de agua. 

Los prisioneros se habían autoinfligido heridas graves usando sólo las manos. Sus tejidos estaban destrozados y tenían varios órganos expuestos. ¿Suena atroz? Falta lo peor. Los insomnes se resistieron ferozmente a abandonar el experimento: rogaron que les administraran más gas; no querían dormir. En la lucha, un prisionero mató a un soldado mordiéndole la arteria femoral y los testículos. Resultó imposible sedarlos: parecían inmunes a la morfina. El más herido durante el experimento ruso del sueño fue llevado a la sala de operaciones y exigió que la cirugía se hiciera sin anestesia.

Era el mudo (el que había masacrado sus cuerdas vocales), así que al final de la operación pidió lápiz y papel para escribirle al cirujano: “Sigue cortando”. Poco antes de que el último prisionero falleciera –en un estado tan lamentable que nadie podía creer que siguiera vivo–, un científico lo interpeló así: “¿Qué eres? ¡Necesito saber!”.

El monstruo agonizante respondió: “Somos ustedes. Somos la locura que está encerrada, rogando por libertad. Somos aquello de lo que te escondes en tu cama. Somos lo que duermes y paralizas cuando te vas a tu cielo nocturno, donde no te podemos alcanzar”. Aterrado, el investigador apuntó al corazón y disparó. El electroencefalograma mostró una línea recta mientras el sujeto débilmente murmuraba: “Casi… tan… libre”.

PURO CUENTO

Si esta historia te hizo pensar: “¡Ajá, ya parece!”, tienes razón. El tono es melodramático con tintes sobrenaturales y la parte “científica” está llena de inconsistencias.

Es inverosímil que los investigadores no pudieran observar lo que ocurría dentro de la cámara sellada; que no existiera un grupo de control; que los sujetos no murieran desangrados; que un gas estimulante inhiba el deseo de dormir… etcétera. Estamos ante una ficción, y más en concreto, una creepypasta: historias de terror cuyo hábitat natural es Internet. Se suben a una wiki, lo cual implica que cada creepypasta puede ser editada, corregida y aumentada por los lectores. De hecho, el sufijo “pasta” se deriva de “copy-paste”, o sea: “copiar y pegar”.

Sé que desmentir un cuento puede sonar absurdo, pero cuando se trata de ficciones que circulan por la web –es decir: un ecosistema cognitivo que no discrimina entre las mentiras, los rumores, las supersticiones y la información fidedigna–, la frontera entre la realidad y la fantasía puede volverse peligrosamente borrosa. De hecho, y aunque parezca increíble, mucha gente está convencida de que “el experimento ruso del sueño” de verdad ocurrió.

 

DESPIERTA, MI BIEN, DESPIERTA 

Lo cierto es que basta con haber pasado una noche en blanco para empezar a sentirnos cual zombis. Entonces, retomando con cierto morbo la pregunta inicial… ¿qué pasa en la vida real cuando dejamos de dormir? debemos varias respuestas a Randy Gardner, un joven estadounidense que, en 1964, se quedó despierto durante 264.4 horas seguidas (11 días) con el fin de romper un récord. Su “hazaña” se documentó científicamente por investigadores del sueño de la Universidad de Stanford (EUA), gracias a lo cual sigue siendo referencia obligada en estos temas… aunque la marca de Gardner ya haya sido superada.

Tras 24 horas sin dormir, Randy parecía encontrarse bien, pero sus reflejos eran más lentos y se movía como intoxicado.

Años después, la investigadora australiana Ann Williamson registró que, tras un periodo de 17 a 19 horas sin dormir, el rendimiento de las personas es equivalente al que correspondería a un índice de alcoholemia de 0.05% –nivel de alcohol en la sangre superior al considerado legal para conducir en muchos países–.

A los tres días de insomnio, Gardner se volvió irritable… por no decir “insoportable”. Al día cinco experimentó alucinaciones hipnagógicas (las que confunden el sueño con la realidad) y pensó que las señales de tráfico eran personas. También se convenció de que era un futbolista famoso. Durante los días siete y ocho perdió cierta capacidad de hablar y sufrió cefaleas y pérdida de memoria. El día nueve recibió la visita de William Dement, profesor de la Universidad de Stanford y especialista del sueño, quien pidió permiso para estudiar la evolución del insomne.

Las habilidades cognitivas y sensoriales de Gardner ya estaban muy afectadas. Uno de los amigos del joven, Bruce McAllister, relata que Randy se quejaba de un olor inexistente. “No puedo con esa peste, aléjenla de mí”, decía. Curiosamente, el día 10 Gardner le ganó a Dement en un partido de basquetbol, lo cual puede deberse a que el estudiante se mantenía despierto jugando por las noches… y a que Dement no era tan hábil en los deportes.

LLAMANDO A JUAN PESTAÑAS

Un experimento reciente acaba de arrojar nueva luz en torno a la importancia del sueño. En 2017, el investigador y neurocientífico Michele Bellesi, de la Universidad Politécnica delle Marche (Italia), experimentó con ratones para analizar qué le pasa al cerebro con la privación de sueño crónica.

Utilizó tres grupos de roedores. El primero descansó por tiempo indeterminado; el otro estuvo despierto durante ocho horas y los desafortunados roedores del tercer grupo fueron obligados a permanecer despiertos cinco días seguidos. Bellesi y su equipo se concentraron en las células gliales (o neuroglias) del cerebro, parte esencial del sistema nervioso. Existen varios tipos de neuroglias. Las que se denominan “astrocitos” sirven para suministrar nutrientes a las neuronas; les proporcionan soporte físico, captan transmisores químicos y pueden proliferar para ayudar en las tareas de reparación y regeneración del cerebro.

Pues bien: los investigadores notaron que el primer grupo de ratones contaba con astrocitos activos al 6% y el segundo, al 8%. En cambio, la actividad astrocítica de los ratones del tercer grupo (los que no durmieron durante cinco días) incrementó a 13.5%. Es el tipo de activación registrada en pacientes con Alzheimer y otras formas de degeneración neuronal. ¿Y todo ello qué significa? Michele Bellesi lo expresó así:

“Mostramos por primera vez que porciones de las sinapsis neuronales son literalmente devoradas por los astrocitos debido a la falta de sueño”. En breve: cuando el cerebro no descansa, empieza a devorarse a sí mismo.

 

POR LO TANTO…

Dormir no es un lujo: es una necesidad básica. Por desgracia, según la Asociación Mundial de Medicina del Sueño (WASM, por sus siglas en inglés), cada vez dormimos menos. Advierte: “Los problemas de sueño constituyen una epidemia global que amenaza la salud y la calidad de vida de más de 45% de la población mundial”.

Algunos efectos graves del déficit crónico de sueño son ansiedad y depresión, menor rendimiento físico e intelectual, mayor riesgo de tener accidentes e incluso obesidad y diabetes. Un estudio realizado en 2015 por el Weill Cornell Medical College de Doha, Qatar, reveló que la falta de sueño está relacionada con el aumento del apetito y la resistencia a la insulina.

Total, parece ser que en el mundo de hoy la mayoría de los humanos vamos por la vida como arañas fumigadas, de pésimo humor, dando tumbos y medio funcionando a base de cafeína… mientras que nuestro cerebro se devora a sí mismo. Y eso da más miedo que cualquier creepypasta.

 

¿Es posible morir de insomnio? 

En realidad, sí… pero no es fácil. La mayoría de las personas tienen la capacidad de caer en “microsueños” cuando su cerebro es llevado al límite. Los microsueños son transiciones rápidas de la vigilia al sueño. Duran pocos segundos, incluso fracciones de segundo, y se experimentan como una súbita desconexión de la mente. Son especialmente peligrosos cuando estamos al volante y también la razón por la cual los especialistas desconfían de los récords alcanzados por los “campeones del insomnio”. Ahora bien: existe un trastorno neurológico muy raro llamado insomnio familiar fatal (IFF): el afectado sufre un insomnio progresivo que le produce la muerte. Es incurable y hereditario. Su causa tiene que ver con la mutación de unas proteínas llamadas priones, al igual que sucede con la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ), una forma de daño cerebral que provoca la disminución rápida de las funciones mentales y del movimiento.


Fuente: MuyInteresante

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